Naturaleza del Observatorio de la Política Fiscal

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¿Cómo interpretar?
Miércoles, 21 de Enero de 2009 00:00
Llaman la atención los altísimos niveles de popularidad presidencial, no obstante las múltiples crisis que vive el país, agravadas desde que Rafael Correa asumió la Presidencia. No soy partícipe de las teorías conspirativas que piensan que existe manipulación de las cifras, ni tampoco de aquellas interpretaciones que consideran que la popularidad presidencial tiene que ver con la ausencia de alternativas.

Varios presidentes en el pasado vieron desplomar su aceptación sin que en el horizonte apareciera quién los reemplazara. Esta hipótesis no suena viable. Pensaría, por el contrario, que la enorme popularidad del Presidente en funciones se debe a otras razones y tiene, además, interesantes matices.

Un aspecto que destacan los sondeos de opinión es que si bien la gente apoya al Mandatario, no por ello, está ciega a los problemas que vive y a las pobres expectativas de mejoría que nos esperan.

La gente, al parecer, percibe que las cosas no están bien, que no existen mayores esperanzas de mejoría y que la gestión o al menos el estilo presidencial no ayuda mucho. Lo curioso es que siguen confiando en el Presidente y que sus niveles de aprobación se mantienen y hasta crecen. ¿Qué pasa y cómo interpretar este aparente contrasentido? Se me ocurre otra respuesta.

Lo que la gente aprueba en la presente administración, en lo que la gente sigue creyendo, no es tanto en el Gobierno o en el Presidente, sino en la idea de cambio que presuntamente representan, en el mito de que las grandes transformaciones vienen como resultado de caudillos con mano dura y voluntad de hierro, con capacidad de imponerse y disciplinar a todos.

La gente sigue creyendo en esta versión falsificada del cambio porque si no lo hace, si llegara a reconocer que se equivocó, por más evidencias que aparezcan, se desintegraría una suerte de destino e identidad nacionales que se han creado en los últimos años. La gente cree en Correa, no tanto porque colme sus expectativas, sino porque necesita creer; porque si no cree se derrumbaría todo el esquema mental sobre el que se ha construido el debate político ecuatoriano de los últimos años.

No es difícil darse cuenta que este Gobierno, como gobierno, es un desastre; que todos sufrimos sus consecuencias cuando vamos al mercado o buscamos empleo; cuando queremos hablar y expresar nuestros puntos de vista; cuando pensamos en la transparencia y en la corrupción.

La situación está peor que hace dos años, pero lo que sigue igual, lo que se mantiene incólume es esa fe en que algo está pasando, ese sentimiento de que si no es ahora, entonces, cuándo y cómo. En esta batalla, Correa y sus publicistas se han impuesto sobre el país; en todas las demás, en la del empleo, el manejo económico y el ejercicio democrático, ha perdido por goleada.
 

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