El modelo económico del Gobierno, que pone al Estado en el centro y se basa en subsidios que bordean los USD 5 000 millones anuales, puede tener problemas para asimilar la crisis mundial que conlleva una caída del precio del crudo.
A los responsables les servirá de poco argüir -como lo hicieron con la inflación- que los problemas a la vista se deben a un fenómeno mundial, pues el asunto de fondo es que han hecho poco para producir y mucho para gastar.
A las autoridades económicas no les resultará muy difícil fijar nuevas metas fiscales para el 2009, sobre todo el cálculo del precio del barril del petróleo, como ya se preveía desde antes de la salida de Wilma Salgado, pero es obvio que los problemas no se reducen al financiamiento público. Seguramente al país en su conjunto le costará trabajo reaccionar ante una posible caída de las exportaciones, de las remesas de los emigrantes y de la inversión externa.
Es en situaciones como esta, y no en épocas de bonanza, cuando se ve la importancia, no de ser ricos temporalmente, sino de generar riqueza. Un modelo que se hace cargo de la ineficiencia de varias áreas del sector público, que por razones electorales profundiza la política de subsidios y no los ata a la productividad, que no desarrolla nuevos mercados ni incentiva la participación privada, puede ser rápidamente vulnerado.
Hay también un riesgo colateral: que, ante el cambio del panorama, los halcones de la desdolarización hallen -al fin- las condiciones ideales: caída de las remesas y del precio del crudo, que bien podrían empatar con la necesidad del Gobierno de mantener un elevado gasto público y por ende emitir moneda. Pero ese sería un tema menor, porque al final del día se puede ser rico o pobre en cualquier moneda. El problema es producir bien.