Tradicionalmente, hemos visto a los países ricos como sociedades viejas y a los países pobres como llenos de jóvenes. Esta impresión, aunque cierta, lo es cada vez menos. De acuerdo al último Estudio Económico y Social Mundial de las Naciones Unidas, la población mayor a 60 años representa 21% del total en los países desarrollados y solo 8% en los países en desarrollo. Sin embargo, todo el planeta está envejeciendo (reflejo de una fecundidad más controlada, una menor mortalidad infantil y una mayor longevidad), y los países pobres más rápido: 63% de los más de 60 años vive ya en países en desarrollo, y serán casi 80% en 2050, en su mayoría mujeres, ya que ellas viven más tiempo. La transición demográfica (el cambio de una sociedad mayoritariamente joven a una cada vez más vieja) será más rápida para los países pobres de lo que fue para los países ricos.
Por una parte, que los países ricos envejezcan significa que necesitarán mano de obra de otros lados, sustentando una continua migración de nuestros países y una creciente subcontratación. Ya hoy, contadores en la India procesan cerca de 400 mil declaraciones a la renta de estadounidenses, y cada vez más operadores telefónicos atienden, desde la India, llamadas a compañías de aviación o de computación del mundo entero. Con mejores redes de comunicación, Internet y tecnología se proveerán cada vez más servicios muy lejos del sitio donde se encuentra el cliente.
Por otro lado, los países pobres tendrán que adaptarse, incluyendo América Latina, que será un continente ya bastante viejo en 40 años. Como habrá cada vez menos jóvenes en edad de trabajar y más personas mayores que viven cada vez más largo, hay que pensar cómo hacer para financiar jubilaciones dignas. Se necesitará una mayor participación de las mujeres en la fuerza laboral, menores jubilaciones anticipadas, mayor productividad (producir más bienes con la misma mano de obra) y ayudar a las personas mayores para que sigan trabajando. Habrá también que dar cada vez más seguridad social a jubilados, para que no caigan en la pobreza. Ello implica mejorar tremendamente el diseño y mal manejo de los entes de seguridad social. El Ecuador no es una excepción: el Seguro Social debe ampliar su cobertura con principios solidarios, pero también asegurar su sostenibilidad financiera, para que haya plata para los jubilados dentro de 40 años y pensar cómo enfrentar una creciente demanda de servicios de salud distintos para poblaciones más viejas.
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