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Como hecho connatural de la condición humana los individuos buscan satisfacer, de la mejor forma, sus deseos y necesidades a fin de mejorar de modo constante su bienestar. Esto solo es posible mediante la progresiva creación de riqueza, la cual, a su vez, se obtiene con niveles incrementales de inversión, entendida como el aumento del stock de capital que promueva la capacidad productiva de un país.
Nuevas fábricas y equipos, más inventarios de las empresas, nuevas viviendas, más carreteras, hospitales y escuelas, entre otros, son conceptos que caminan en la dirección de crear riqueza. Los gastos sociales en educación, salud, nutrición y otros, si bien son inversiones en capital humano, en el corto plazo no se traducen en más producción. La calidad de la inversión y su nivel, son determinantes para el crecimiento de la producción del país a tasas elevadas, creación de empleos y dotación de mayores ingresos para que la población satisfaga sus necesidades y viva mejor. La inversión total en la economía, a precios corrientes, alrededor del 24% del PIB, no ha sido suficiente para alcanzar de modo sostenido el aumento del bienestar de las mayorías. Sin embargo, aquella tasa es similar a la de Chile y superior a la de Brasil, países con mayores niveles de crecimiento de su economía y resultados tangibles en la reducción de la pobreza. Al menos en años recientes, está claro que gran parte del gasto social se registra como inversión y existen conceptos que no son tales. Además, la magnitud de la inversión privada observada históricamente, tampoco se traduce en tasas de crecimiento compatibles con su nivel. Es importante transparentar y hacer pública la composición de la inversión nacional y sus efectos en la economía, a fin de establecer su real necesidad para crear riqueza y reducir la pobreza. |
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