Análisis
Jaime Carrera
Los ingresos presupuestarios del primer trimestre de 2010 se favorecieron con fuentes coyunturales como el impuesto extraordinario a las rentas petroleras, retenciones en la fuente de las mismas y el adelanto de utilidades del Banco Central, todo por unos $300 millones.
Además, el precio del petróleo se ubicó por encima de los $70 el barril, superior a los $65 estimados en el presupuesto.
También los recaudos tributarios tuvieron una evolución positiva e ingresaron $250 millones prestados por la CAF.
Sin embargo, los ingresos solo alcanzaron para gastar el 15 % de lo previsto para el año, al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) se continuó sin pagar el 40 % para las pensiones de los jubilados y se acumularon otras deudas. Las inversiones alcanzaron unos $700 millones, apenas el 10 % de los $6 700 millones estimados para el año.
El gasto corriente es cubierto en un 95% con el ingreso tributario, el cual es cada vez más insuficiente para sostenerlo; más, cuando al menos unos $2 500 millones de gasto corriente son considerados inversión. Ingrato escenario en los primeros meses de menores exigencias fiscales.
Aún, si el éxito fiscal es sobrevivir, la venta al IESS de $1 000 millones en bonos será insuficiente. Las angustias por llegar a la orilla sin saber nadar han llevado a anunciar la des-satanización de los subsidios neoliberales.
Correcta pero tardía decisión, alto precio de la poco responsable imprudencia que condujo el gasto público total a superar el 40% del PIB, luego de consumir el nuevo boom petrolero.
Los estragos fiscales luego de la maldición petrolera de los 70, perduraron en las dos décadas siguientes. Aprender sus duras lecciones ha sido el capítulo no estudiado por la rimbombante academia criolla. Los costos de mantener un modelo fundado en la exuberancia del gasto público, lo destruirán. Nuevamente sufrirán los pobres.